Ella ya sabía vender. Volvió por más y terminó enseñándole a su pareja.
Leslie lleva tres años vendiendo online y ya había pasado por una formación grupal. Podría haberse quedado ahí. En cambio decidió volver por una mentoría uno a uno —y de paso metió en el negocio a su enamorado, César.
Leslie y César, cada uno con su negocio, contando el mismo cambio.
Hace dos años, Leslie ya había aprendido algo importante en una formación grupal: a vender con Facebook en lugar de depender solo de TikTok. Le funcionó. Pero después, como le pasa a tanta gente, vio un video de otra persona, se convenció de que la interacción por WhatsApp era "más sencilla y más barata", y se cambió. Dejó las campañas de conversión que ya sabía hacer.
Funcionó… a medias. La interacción la tenía atada al teléfono. "Te consume todo el tiempo", dice. Clientes fríos que solo han visto una imagen, que escriben para preguntar y desaparecen, que hay que perseguir mensaje por mensaje. Durante un buen tiempo no volvió a la conversión. Hasta que vio que se abría de nuevo una mentoría.
El miedo a subir el presupuesto
Lo más difícil no fue técnico. Fue el chip de invertir. Leslie recuerda que hace tres años ponía 50 soles diarios en publicidad. En la mentoría, el presupuesto fue subiendo de a poco: 7 soles por conjunto, luego 11, 33, 44… hasta los 120 de un día reciente. "Se me acelera el corazón", confiesa. "Uno dice: ¿y si ahora no vendo? ¿y si no funciona?". El miedo no desaparece. Lo que cambia es lo que uno hace con él.
El resultado de sostener esa apuesta: pasar de cinco pedidos al día a más de cincuenta, solo en Lima. En total, más de 90.000 soles de facturación, con una efectividad que mantiene entre el 50% y el 60% en pago contra entrega, y un profit cercano al 30%. La inversión de la mentoría, dice, la recuperó en las primeras ventas.
Un negocio que se volvió familiar
Hoy en el negocio de Leslie trabaja su mamá, su hermana menor y hasta su papá, todos con sueldo. "Saber que lo que yo hago también puede ayudar a mi familia es mi motivo", dice. Y está César. Su enamorado empezó con mala suerte: quince días en que Facebook no le aceptaba la tarjeta, no lo dejaba crear cuenta publicitaria, lo bloqueaba. Ella, que ya tenía un año de experiencia, lo sostuvo: "Están pasando cosas, pero hay que seguir, yo te voy a seguir apoyando".
César cuenta su parte desde su propio negocio. Venía de la interacción, donde "el spam y el bloqueo son el pan de cada día". En conversión encontró otro tipo de cliente: gente que ya llega filtrada desde la tienda, que paga más rápido, que no lo trata de estafador cuando una cuenta cae. En unas semanas facturó más de 69.000 soles, con un profit entre el 30% y el 35%. Reconoce que su mayor reto es la paciencia —"soy apasionado, un poco estresante", admite— pero los números lo ayudan a aguantar.
Las cifras de esta nota corresponden a dos casos particulares y no son una promesa de resultados. Ambos llevan años en el oficio, enfrentan baneos y días malos, y siguen construyendo equipo. Lo que describen no es un atajo: es trabajo sostenido sobre un método.
Leslie ya sabía. La diferencia no fue aprender algo nuevo. Fue decidir volver a apostar por lo que ya conocía.
¿Ya intentaste y lo dejaste a medias?
A veces el siguiente paso no es aprender algo nuevo, sino volver a hacer bien lo que ya sabes que funciona. Con quien te acompañe a sostenerlo.